“Estar en el campo es como estar en un sueño: uno no sabe quién es. Hay un anonimato en todo eso: esa extraña criatura humana que soy yo, una entre todas”.
Meia Geddes
Durante los últimos días de septiembre, la poderosa savia que alimentó y forjó blancas mazorcas con el sol de la primavera, recorre lánguidamente las nervaduras de las plantas de maíz que perdieron sus frutos en la cosecha. De aquí en adelante, los maizales y todos los cultivos de temporal irán tornando el verdor de los paisajes en una paleta de ocres, sepias y dorados; las noches traerán las lunas más hermosas del año; en pocos meses vendrán las heladas del solsticio de invierno y la vida sobre la tierra mirará hacia adentro para germinar de nuevo con la tibieza del próximo equinoccio que hará florecer de las más discretas a las más exuberantes flores que de nuevo llenarán el mundo de color. Esta danza de temperaturas, matices, olores, sabores y texturas es muy conocida para quienes tuvimos o tienen la fortuna de crecer en el campo. Un conocimiento especial que se instala en la memoria y le da a la vida un sentido diferente al del citadino, más profundo.
También en estas fechas, y como desde 1970, el 27 de septiembre, los Estados Miembros de la Organización Mundial de Turismo (OMT), en todas las regiones del mundo celebran el Día Internacional del turismo, bajo el lema: “Turismo y desarrollo rural”, conmemoración que este año llega en el momento más crítico en las últimas décadas, cuando los países del mundo ven al turismo como la posibilidad de impulsar la recuperación, sobre todo en aquellas comunidades rurales, donde el sector es un pilar económico.
Uno de los efectos que la crisis COVID19 nos ha mostrado, es la fragilidad de la industria turística, ya que las restricciones sanitarias de aislamiento y transportación han reducido brutalmente la actividad en México: según la consultora Radar Turístico, la pandemia afectó severamente las búsquedas de viajes nacionales, con una caída de 44% y de 37% para las internacionales durante abril de 2020. Asimismo, el 45% de los viajes programados fueron pospuestos y 44% cancelados. Nos solo los prestadores de servicios de turismo y hospitalidad como aerolíneas, hoteles, agencias de viaje y DMCs, guías, restaurantes, entre otros; se vieron obligados a cerrar, sino también todas las cadenas de valor y suministro, directas e indirectas del sector, especialmente allí, donde las pequeñas comunidades dependen en gran medida de la derrama económica que generan sus visitantes.
Al respecto, el secretario general de la omt Zurab Pololikashvili, afirmó: “En todo el mundo, el turismo empodera a las comunidades rurales, ofreciendo empleo y oportunidades, sobre todo para las mujeres y los jóvenes. El turismo permite también a las comunidades rurales celebrar su excepcional patrimonio cultural y sus tradiciones, y es un sector vital para salvaguardar los hábitats y las especies en peligro. Este Día Mundial del Turismo es una ocasión para reconocer el papel que el turismo desempeña fuera de las grandes ciudades y su capacidad de construir un futuro mejor para todos”.
A estas alturas, es sabido que el miedo al contagio y el estrés en las finanzas familiares, han modificado las preferencias de viaje haciendo que el turismo doméstico sea la primera opción para la recuperación económica. Sin embargo, el inventario de oferta turística rural en México es precario, hecho paradójico que contrasta con un país de una extensión que cubre a casi toda Europa, lleno de patrimonio natural y una variedad de 12 ecosistemas que podrían ofrecer las más diversas experiencias para cualquier tipo de viaje de conexión con la naturaleza pero que la visión de los organismos gubernamentales de inversión turística e industria inmobiliaria, ha sobreexplotado los territorios litorales posicionando interna y globalmente a México solo como un destino de sol y playa, desaprovechando el gran potencial para este segmento de turismo.
Esta crisis y la conciencia del impacto ambiental de nuestro estilo de vida actual sobre el mundo y cómo la naturaleza ha reaccionado ante unos cuantos meses de confinamiento humano, nos ha traído la oportunidad de repensar el turismo, sus formas y modelos de negocio. La recuperación del sector dependerá en gran medida del hecho de salir de la zona de confort, de utilizar la creatividad e innovación como herramientas para conseguir un cambio orientado a la sustentabilidad y aprovechar el efecto dinamizador socioeconómico que la diversificación y ampliación de la oferta hacia los paisajes rurales, es capaz de crear.
Como viajeros, es momento que buscar nuevas opciones para hacer de nuestros viajes una experiencia más significativa y, como industria turística, exigir a las autoridades y proponer desde la sociedad civil e inversión pública y privada, con participación de todos los sectores, la conformación de Consejos de Desarrollo integral de los municipios con potencial turístico, que integren a toda la cadena de valor y gestionen a las comunidades a través del uso y explotación sustentable de sus recursos patrimoniales bajo los criterios de los Objetivos de Desarrollo Sustentable (ONU).
Este es el momento de rediseñar destinos, productos y experiencias turísticas, porque la “nueva normalidad” nos hizo dar cuenta que como urbe habitants extrañamos el campo. Nos convertimos de homínidos a humanos, recorriendo la extensión de la sabana. Nos acostumbramos a ver las estaciones, el horizonte y las puestas de sol; anduvimos la tierra y la noche de los tiempos hasta el confinamiento en unos cuantos metros cuadrados. Hoy necesitamos más que nunca reconectarnos con el paisaje, con los generosos frutos de la tierra sin procesos industriales, aprender más sobre quienes viven rodeados de naturaleza y pueden ofrecernos una experiencia de turismo en la que logremos oxigenarnos y reconocer que la vida es más sencilla de lo que pensamos y que el mundo es infinitamente más grande que cuatro paredes con conexión rápida a internet.


